viernes, 26 de junio de 2015

Fragmento de "la furia de Dackhara"



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 CAPÍTULO 1

Marc Asensi García no estaba ni remotamente preparado para asimilar la noticia que cayó sobre su cabeza como un jarro de agua fría cuando acudió al hospital, alarmado por la velocidad a la que estaba perdiendo peso de forma inexplicable. Tenía sólo veinticinco años, y el diagnóstico de cáncer de páncreas suponía un duro golpe psicológico para alguien con toda la vida por delante… pero aun así, dando muestras de una entereza envidiable, fue capaz de tomárselo con toda la filosofía con la que era posible asimilar una noticia semejante.
Cuando, después de informarse al respecto, descubrió que la suya era una enfermedad con tan mala cura que sólo el cinco por ciento de quienes la sufrían salían adelante, y que por tanto sus posibilidades de superarla eran tan escasas que casi podían considerarse nulas, también se lo tomó con filosofía. Confiaba en los médicos, no le quedaba otra, y la ciencia avanzaba a pasos agigantados en lo que al tratamiento del cáncer se refería. Estaba seguro de que la cosa no sería tan grave después de todo.
Tras un TAC y una posterior laparoscopia exploratoria, que le obligaron a permanecer en el hospital una larga temporada, sus esperanzas fueron destruidas cuando le informaron de que una operación era del todo inviable, y que debía iniciar el tratamiento paliativo cuanto antes. Pero incluso sabiendo que se moría, y tras pasar religiosamente por las cinco fases correspondientes, a saber: negación, furia, negociación, depresión y aceptación, fue capaz de llevarlo con filosofía porque, ¿qué tenía que perder en realidad?
Su vida no era lo que podía llamarse ejemplar en casi ningún aspecto. Sus padres murieron en un accidente de tráfico del que no podía ni acordarse siendo él sólo un niño. Se crió desde entonces con sus abuelos, los cuales también llevaban mucho tiempo muertos por una mera cuestión de edad avanzada. No tenía hermanos, primos, mujer, hijos, novia, ni siquiera un perro. No quedaba nadie que fuera a llorar su muerte… y por no tener, no tenía ni un trabajo que le gustara, un coche que llamar propio o una casa bonita a su nombre, sólo el piso en el que se había criado con sus abuelos.
Y no obstante, todo esto también lo llevó con filosofía… a fin de cuentas, filosofía era lo que había estudiado en la universidad, y sentía en su interior el deber de dar ejemplo.
—¡Maldita filosofía! —exclamó, sin embargo, meses después de aquella primera revisión médica que cambiaría su vida para siempre al acortarla de forma dramática, cuando se encontró postrado sobre una cama de hospital agonizando debido a su enfermedad.
—No te metas con la filosofía, Marc, ella no es la culpable de esto —le regañó Jordi, su más viejo amigo, y el único que le quedaba a esas alturas, que había acudido a visitarle como solía hacer siempre que podía.
Era un hombre regordete, de cara redonda y con barba, pero calvo como una bola de billar. Tenía también veinticinco años, igual que Marc, y de hecho eran compañeros de promoción, aunque por su aspecto, su forma de vestir y de comportarse aparentaba tener diez más.
A Marc siempre le había parecido que él sí había conseguido asumir el aspecto que se esperaba de un hombre que había estudiado filosofía. El suyo era, sin embargo, mucho más juvenil y dinámico, más propio de alguien de su verdadera edad, y por tanto una fachada que no pegaba nada en una persona que debía dedicar su vida a la meditación y la reflexión. Siendo alto, delgado, con cabello castaño oscuro y ojos marrones, Marc tenía la planta de por lo menos un abogado… o al menos la tenía antes de que su enfermedad le demacrara.
Sin duda su aspecto debía ser la razón de por qué Jordi logró encontrar trabajo como profesor en un instituto público, mientras que él seguía en el paro y malviviendo de la herencia de sus abuelos… eso, y la oposición que había aprobado mientras él agonizaba, claro.
Durante muchos meses, debido a la lamentable situación laboral del país, Marc batalló por administrar esa herencia de forma que le durara todo lo posible antes de caer en la bancarrota total. Era cuanto menos irónico que, debido a eso, ahora dispusiera de unos ahorros más que decentes que jamás podría gastar.
—La filosofía no será culpable, de acuerdo, pero para solucionar mis problemas ha servido de tan poco como la medicina —le espetó a su amigo al tiempo que sopesaba muy seriamente los pros y los contras de levantarse para ir al baño.
No se sentía con fuerzas ni para eso desde hacía unos días, y tenía la sensación de que la cosa no se iba a poner mejor con el tiempo, pero se negó a utilizar una cuña como si fuera un niño o un anciano por cuestión de dignidad… y peor aún, tenía miedo de que decidieran colocarle una sonda si le veían demasiado débil.
—He leído en alguna parte que, si se destinara la mitad del dinero que se destina a guerras a encontrar la cura contra el cáncer, esta enfermedad ya habría sido erradicada hace años —apuntó Jordi como dato inútil que nadie le había pedido. Era muy dado a hacerlo cuando no sabía qué decir, y Marc estaba convencido de que la mayoría se los inventaba con la única intención de hacerse el interesante.
—Es un gran consuelo saber que al menos mi muerte servirá para que otra gente pueda morir a manos de un armamento más avanzado, muchas gracias —le respondió irónico dirigiendo la vista hacia la ventana del hospital, que al estar cubierta por una gruesa cortina tampoco es que le permitirá contemplar ningún paisaje interesante.
Aquello sólo consiguió deprimirle todavía más
—¿Tú sabes para qué vale el páncreas? —le preguntó por sorpresa a Jordi.
—Pues… la verdad es que no —confesó él mirándole con curiosidad, como si aquella pregunta fuera a llevar a un tema más trascendental que el funcionamiento de los órganos internos.
—Yo tampoco, o al menos no lo sabía antes de que esto empezara y me molestara en consultarlo —admitió él, para acto seguido soltar una carcajada, o lo más parecido a una carcajada que pudo conseguir sin que le faltara el aire. Un día que al mundo le dio por fastidiarle un poco más, su médico le informó de que la metástasis se estaba extendiendo hacia los pulmones—. Si lo piensas, hasta tiene gracia. ¿No te parece?
—Siempre has tenido un sentido del humor un poco raro tú —le dijo Jordi, que apretó los labios y negó con la cabeza como si estuviera echándole una reprimenda.
—O me río, o lloro, tú eliges —le espetó conteniendo un repentino ataque de tos.
—Haz lo que quieras —replicó él comenzando a atusarse las mangas del jersey como distraído, aunque a Marc no le engañaba lo más mínimo; en realidad, lo hacía porque se sentía incómodo al hablar de esas cosas.
Molesto por esa manifiesta incomodidad, se preguntó si es que acaso no le estaba permitido a un enfermo hablar sobre su enfermedad. Tampoco era como si pudiera dejar de pensar en ella por un segundo encontrándose encerrado en un hospital las veinticuatro horas del día. No obstante, y para relajar la tensión, eligió continuar con su clase magistral de anatomía.
—Por lo visto, el páncreas segrega cosas —le explicó con sus grandes conocimientos adquiridos en internet a través de su Smartphone—. No me preguntes qué cosas, porque no lo sé con exactitud, pero las segrega, y al parecer son importantes para la vida humana y todo eso.
—Todo segrega algo —recitó Jordi, que tras alisarle las sábanas de la cama y sentarse sobre ellas levantó la vista y le miró preocupado. El aspecto que presentaba Marc debía ser del todo lamentable para que su mirada fuera capaz de reflejar tanta compasión y lástima—. Y lo que no segrega algo, lo absorbe… perpetuum mobile.
—Latinajos ahora no, por favor. No tengo cuerpo ya para esas cosas —rogó fastidiado.
—¿Y para qué cosas sí tienes cuerpo? ¿Has vuelto a hablar con los de la asociación? —le preguntó a traición.
—Sí, y al parecer siguen sin tener la cura del cáncer —gruñó Marc volviendo la vista hacia el catéter que, enganchado a su brazo, le suministraba no sabía qué porquerías de manera intravenosa, pero lo único que conseguía en realidad era que le picara el brazo y no pudiera rascárselo.
Le daba repelús pensar que bajo esa venda tenía una aguja clavada directamente en su torrente sanguíneo, aunque si se paraba a pensarlo, ¿qué era lo peor que podría pasar en realidad si se la rascaba?
Luchó por contenerse y no esbozar la media sonrisa irónica que el cuerpo le pedía mostrar, y que sólo habría servido para preocupar todavía más a su amigo Jordi. A decir verdad, en un momento como ese hasta le faltaban las fuerzas para mover la mano hacia el otro brazo y rascarse.
Jordi suspiró exasperado por su respuesta.
—No están para ayudarte con eso, sino con todo lo demás —le recordó.
—Entiendo toda su buena intención, de verdad, y además valoro mucho la labor que realizan —replicó él harto de discutir por aquello—. El problema es que, si no pueden curarme, no me interesa. Estoy bien.
—Me asustas, Marc, me asustas —exclamó Jordi con dramatismo torciendo el labio en un gesto de genuina preocupación—. Al verte hacer bromas pensaba que ya lo tenías todo asumido, pero si ahora me sales con éstas…
—Lo tengo asumido —le aseguró él con vehemencia—. Pero no tiene por qué gustarme… vamos, digo yo, que soy el que se muere.
—Pues no es lo que me ha parecido hace un instante —insistió pasándose una mano por la calva, como hacía siempre que se ponía nervioso, gesto que también lograba poner nervioso a Marc—. Si quieres que hablemos de ello…
—¡Te digo que lo tengo asumido! —repitió hastiado de aquella enervante conversación—. De hecho, lo tengo tan asumido que no necesito ayuda de nadie, y menos de la asociación, para sobrellevarlo. Te lo prometo.
—Vale —le concedió por fin, y con un asentimiento, ambos dieron el tema por zanjado, provocando un silencio en la habitación que duró casi un minuto… hasta que Jordi se decidió a romperlo esbozando una sonrisa—. Eso de que no necesitas ayuda me recuerda a La Mercè de hace cuatro años, ¿te acuerdas?
Por supuesto que se acordaba, y al hacerlo no pudo evitar sonreír él también…
—La sardana peor bailada de la historia —rememoró—. No sé qué llevarían esas bebidas…
—Mucho alcohol, eso llevaban —replicó Jordi—. ¿Recuerdas cuando aquel ladrón aprovechó lo finos que íbamos para mangarme el móvil? Menuda borrachera debías llevar encima para ponerte a perseguirle.
—No iba borracho, sólo hice lo que tenía que hacer —afirmó él en un tono más serio—. No me gusta dejar a un amigo tirado si puedo ayudarle, ya lo sabes.
—Sí, aunque fue del todo innecesario, porque por poco te parte la cara, y el móvil, además de viejo, no tenía ni saldo —le recordó su amigo—. Berta se llevó un alegrón enorme al saber que lo había perdido, al día siguiente me llevó a comprar uno nuevo.
—Eso no importa… me gusta cuando hago lo correcto, luego duermo mucho mejor —afirmó Marc encogiéndose de hombros—. De todas formas, es posible que sí fuera un poco borracho ese día.
Recordar aquella anécdota fue divertido durante tan sólo unos segundos, luego la dura realidad se hizo patente de nuevo: nunca volverían a vivir una anécdota como esa, y posiblemente tampoco volverían a comentarla juntos jamás. Ese conocimiento hizo que ambos volvieran a guardar un tenso silencio que se extendió durante varios segundos.
—¿Has decidido qué vas a hacer al final con el dinero? —se interesó entonces Jordi, juntando los dedos de las manos como si ellos fueran dos avaros hablando sobre negocios importantes que llevar a cabo, cuando en realidad el dinero del que hablaba era ni más ni menos que lo que restaba a Marc de la herencia que le dejaran sus abuelos al morir, a la cual debía sumarse al dinero que heredó de sus padres cuando éstos fallecieron también.
Sintió un intenso escalofrío en la espalda al darse cuenta de que todo su dinero provenía de manos muertas, aunque dudaba que el escalofrío tuviera nada que ver con ese pensamiento en realidad, y sí mucho con la enfermedad que le estaba consumiendo.
—¿Vas a donarlo a la asociación? Se portaron bien contigo —inquirió Jordi mirándole de un modo por debajo de sus espesas cejas que le indicó a Marc que no podría evadir la pregunta saliéndose por la tangente, como le gustaba hacer cuando le hablaban de cosas que le daban ya del todo igual… o sea, casi siempre a esas alturas.
—No lo sé —confesó con cierta indiferencia. ¿De qué le servían unos pocos miles de euros que ya no tenía forma alguna de disfrutar?—. ¿Lo quieres tú?
—Sí —respondió su amigo sin ningún tapujo, y es que a veces la confianza podía llegar a dar verdadero asco—. Pero sabes de sobra que no voy a aceptarlo. No me parece… bien.
—Irás al cielo —rezongó Marc pensando que, si no lo quería, mejor. Ese iba a ser un dinero que ya habría pasado por manos de tres muertos distintos, sin duda tenía que estar gafado, o maldito—. Pues si no lo quieres tú, entonces no me importa, que se lo quede el estado.
—Debiste hacer testamento —le regañó.
—Debí hacer tantas cosas… —replicó él volviendo la vista al techo, que era casi tan aburrido como las cortinas, o como el resto de la habitación donde se hallaba enclaustrado.
—¿Ahora me vienes con esas? —se extrañó Jordi.
—Si no quieres escuchar mis lamentos, no sé para qué sigues viniendo —repuso Marc poniendo los ojos en blanco—. Y hablando de ir y venir, mira qué hora es.
—Cierto, el horario de visitas se acaba, volveré mañana, ¿vale? —dijo Jordi poniéndose en pie y acercándose al perchero para descolgar su chaqueta de pana nueva. Era una prenda muy adecuada para un profesor, aunque le faltaban las coderas de cuero para estar completa—. ¿Necesitas algo antes de que me vaya?
—No —respondió Marc sin ganas ni de bromear con él en ese momento sobre su llamativa tendencia a cumplir los tópicos, como tan a menudo había hecho antaño.
De lo único que tenía ganas de que se fuera de una vez, pero también sabía que en cuanto se marchara le echaría de menos, porque él era la única persona que iba visitarle desde hacía tiempo. Sus otros amigos menos íntimos habían dejado de hacerlo cuando como anfitrión sólo pudo ofrecerles la visión de una muerte próxima y un resumen de dolores y partes médicos fatalistas.
—Bien. Hasta mañana, Marc —se despidió.
—Hasta mañana, Jordi. Saluda a Berta.
—De tu parte —dijo antes de marcharse y dejarle solo.

“Mañana” tardó demasiado poco en llegar, en opinión de Marc. Sus días estaban contados, y que transcurrieran a gran velocidad no era una noticia que recibiera con demasiada alegría. También llegó cargado de dolor, pastillas, impotencia, visitas de enfermeras para atender sus necesidades, pero que poco podían hacer ya por él, y programas de televisión enervantes en el aparato de su habitación.
—Garrote vil al que inventó los magazines matutinos —gruñó mientras su médico, el Dr. Zaragoza, le hacía una revisión rutinaria.
—No tengo mucho tiempo para verlos —admitió él sin interrumpir el reconocimiento al que le estaba sometiendo.
—Pues ojalá no lo tengas nunca —le deseó, harto como estaba de cotilleos, farándula, sucesos y supuestos debates políticos serios que daban ganas al televidente de que volviera la sección de cotilleos.
—Bueno, ¿cómo te encuentras hoy? —preguntó el doctor tras acabar la sesión de manoseos y comprobación de medicación. Marc tenía que reconocer que era un buen oncólogo; se había preocupado por él y por su estado desde el principio de la enfermedad, y pese a que ya era un caso perdido, le seguía visitando diariamente para comprobar su estado. Era una auténtica lástima que aquello no sirviera para nada en realidad—. ¿Qué tal respiras?
—Respiro regular, pero me encuentro entre mal y fatal —contestó él con absoluta sinceridad—. Dejémoslo en “muy mal”, en el punto medio está la virtud.
—A estas alturas, es lo normal —afirmó el doctor volviendo la vista hacia la carpeta que traía abrazada en el regazo, como si fuera una colegiala. Allí anotó algo con su bolígrafo que Marc no pudo ver—. Al menos te veo de buen humor.
—Me lo tomo con filosofía, doctor —fue su respuesta.
El resto de la mañana lo pasó viendo con aburrimiento esos magazines infumables, lamentando que alguien tuviera la santa moral de tragárselos enteritos, con su amarillismo, sus noticias casposas y su publicidad de productos para ir al baño con regularidad.
La tortura fue tal que se alegró cuando, unas horas después, y siendo ya por la tarde, Jordi volvió de visita. Ese día traía una chaqueta de poliéster un tanto arrugada que ya no le hacía parecer ni un filósofo ni un profesor de los de antes, por lo que Marc dedujo que no debía haber tenido clases. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que ya estaban en sábado.
Los días de la semana tenían tan poca relevancia para él que hacía tiempo que no sabía ni en cuál vivía… y haber estado en el paro antes de caer enfermo tampoco ayudaba.
No obstante, la visita no resultó tan agradable como en otras ocasiones, debido sobre todo a que había decidido traer con él un montón de folletos de empresas de pompas fúnebres, con sus respectivas explicaciones de los servicios que prestaban.
—La incineración estaría bien —opinó cuando comenzaron a ojearlos.
Pese a que pudiera parecer de mal gusto, el mismo Marc le había pedido que los trajera unos días antes. No quería acabar sus días de cualquier manera, y tampoco podía dejar que su amigo se comiera aquel follón él solo. Por supuesto, eso no conseguía que fuera más agradable para él estar allí, decidiendo qué hacer con su propio cadáver.
—Es barato —tuvo que admitir—. Desde luego mucho más que una tumba o un nicho… valientes saqueadores, no puede uno ni morirse en paz.
—Pues sí, y éstos no pueden decir que la crisis les afecte. La gente se muere igual que antes.
—Yo paso de cualquier solución que signifique acabar bajo tierra, eso me da claustrofobia —decidió descartando el catálogo de ataúdes que tenía en las manos—. La incineración está bien, es algo rápido y una urna es barata… ¿qué son todos esos folletos que quedan? ¿También tengo que elegir el tanatorio?
—Bueno, en realidad sí —admitió Jordi con incomodidad dejando la mayor parte de ellos en la mesita que disponía para apoyar la bandeja de comida. No obstante, se quedó con uno en la mano, y al percibir cómo titubeaba su amigo, la curiosidad de Marc se despertó.
—¿Y ése? —preguntó.
—Éste… no es para incineración —confesó él abriéndolo y fingiendo que le echaba un vistazo desinteresado. En su portada se podían leer “Cryogen S.A.” bajo el dibujo de una especie de nevera metálica en forma de cilindro—. Había pensado, no sé, que a lo mejor te podía interesar. Es algo diferente a los demás.
Cuando le tendió el folleto con timidez, Marc lo recogió intrigado, pero también receloso por no saber qué podía encontrarse, y lo abrió.
Tras ojearlo superficialmente, descubrió que Cryogen S.A. era una empresa nueva que se dedicaba a la criónica, es decir, a conservar a través del frío los cuerpos de los muertos ante una posible reanimación futura, cuando sus dolencias mortales a día de hoy fueran curables.
—¡Esto es una venta de humo! —afirmó con rotundidad dejando el panfleto sobre la mesita con un golpe—. ¿Congelarme hasta que encuentren una cura para el cáncer? ¿En serio engañan a alguien con esto? ¡Menuda locura!
—Sí, es una locura —corroboró Jordi—. Y cuando le conté lo tuyo a un compañero del instituto y me dio el panfleto pensé exactamente lo mismo. De hecho, al principio ni siquiera pretendía enseñártelo, creía que te lo ibas a tomar como una broma de mal gusto, pero luego…
—¿Luego qué? —inquirió Marc con interés. Jordi, pese a ser un poco pánfilo a veces, no era de los que se dejaban engañar con facilidad. A él le gustaba pensar las cosas, darles vueltas y observarlas desde distintos ángulos. Siendo así, que le hubiera traído aquel folleto tenía que tener una razón de peso.
—Bueno, el proceso es caro, no digo que no porque es evidente… creo que son más de cien mil euros. Pero ya casi tienes vendida la casa de tus abuelos, así que pronto los tendrás, ¿no? Y por lo que hablamos ayer, está claro que no sabes qué hacer con ese dinero. No digo que esto vaya a servir para algo pero, no sé, es mejor a que se lo quede el gobierno al final, y para terminar bajo tierra o dentro de una urna siempre hay tiempo.
Marc bajó la vista hacia el panfleto tratando de valorar la sensatez o insensatez de los argumentos de Jordi. Tal y como había dicho, el único argumento en contra era que le iba a costar un dineral, pero de todas formas poco podría disfrutar de ese dinero estando muerto.
—¿Esto es legal? —quiso saber antes de tomar una decisión—. ¿Qué garantías tengo de que dentro de un año no van a tirar mi cuerpo para darle mi nevera a otro? Y tampoco me gustaría despertar y descubrir que han metido mi cerebro en el cuerpo de otra persona, como si fuera el monstruo de Frankenstein.
—¡Hombre, Marc, no creo que eso pueda llegar a pasar! —opinó Jordi, que pese a todo se rascó la nuca con preocupación—. Es una empresa nueva, por lo que dicen, pero supongo que todo esto es legal. De lo contrario, no se anunciaría tal felizmente y andarían repartiendo propaganda, ¿no crees? Y ya que ayer me demostraste que no estabas hecho a la idea de ir a morir, puede que sea tu última posibilidad, por absurda y pequeña que parezca, de no hacerlo del todo.
—No te falta razón —admitió él rascándose la barbilla y abriendo de nuevo el folleto para leerlo con más detenimiento.

En sólo cuatro semanas el estado de Marc degeneró tanto que se vio del todo postrado en la cama, y además la mayor parte del tiempo necesitaba un aparato que le suministrara oxígeno a través de una mascarilla para poder respirar en condiciones. Fue entonces, en la tarde de un día especialmente malo para él, cuando por fin una representante de Cryogen S.A. decidió personarse en el hospital, toda elegante con un traje gris oscuro y un moño tan apretado que amenazaba con arrancarle el cuero cabelludo si alguien tiraba de él un poco. Delante de su médico, el doctor Zaragoza, y de Jordi le apremió a firmar el montón de papeles que autorizaban a la empresa a someter a su cuerpo al tratamiento necesario para preservarlo congelado en sus instalaciones, con vistas a una descongelación en el futuro.
—Todo el proceso comenzará después de su muerte, de modo que no sentirá nada —le aseguró la mujer, que se presentó como Marta García y no dejaba de sonreír, mostrando lo eficaces que le habían sido los brackets que llevó buena parte de su adolescencia. Lucía unas gafas tipo empollona que le daban un aspecto tan serio y formal como sólo podía tener alguien que representaba a una empresa cuya seriedad podía ser puesta en duda con suma facilidad—. En el momento en que se certifique la muerte, nuestra gente estará preparada para hacerse cargo de su cuerpo y adoptar las medidas que pudo leer en el formulario de inscripción. Desde ese momento, pasará a ser nuestro paciente.
—¿Paciente? —repuso el Dr. Zaragoza con cierto desdén.
Desde el principio, el buen doctor se opuso por completo a la decisión de Marc, tachándola de anticientífica y engaño dirigido a abusar de la esperanza de los moribundos… tenía gracia que fuera el mismo doctor que no evitó que un sacerdote se colara un día en su habitación y le preguntara si querría recibir la extremaunción cuando sus últimos momentos se aproximaran.
—Sí, paciente —confirmó Marta dedicándole una sonrisa envenenada—. La empresa a la que represento ofrece un servicio de salud, doctor. Confiamos firmemente en que los hombres y mujeres que depositan su confianza en nosotros tarde o temprano podrán ser curados de las dolencias que padecen. Es sólo cuestión de tiempo, y tiempo disponemos del que sea necesario gracias a los avances en las técnicas de criónica que se han producido en los últimos años.
—Déjelo, doctor —intervino Marc quitándose por un momento la mascarilla para poder hablar en condiciones cuando le vio dispuesto a replicar—. Sé que no lo aprueba, pero ya he tomado una decisión. No tengo nada que perder, salvo un dinero que, de todas formas, ya no iba a ser mío.
Estiró la mano dispuesto a finalizar con aquello, y Marta se apresuró a ponerle un bolígrafo en ella antes de que pudiera replantearse nada. Y con la mirada de satisfacción de la mujer puesta en el documento, la de resignación del doctor puesta en el techo y la de preocupación de Jordi sobre él, firmó los papeles con unos trazos temblorosos, pero legalmente válidos.
—Hecho está —exclamó casi sin aliento antes de volver a colocarse la mascarilla para poder respirar otra vez.
—Le aseguro que no se arrepentirá —dijo Marta con su sonrisa de dentista, para acto seguido guardar los papeles firmados en su portafolio con tal velocidad que Jordi tuvo que apartar la mano para no llevarse un corte con los bordes de las hojas. Al mismo tiempo, el doctor no dejaba de lanzarle miradas de reprobación—. En cuanto la transferencia esté hecha, nos pondremos en marcha con su caso, señor Asensi.
Por un instante, Marc temió haber picado como un tonto y que le estuvieran estafando, pero ya no iba a echarse atrás con aquello. Aunque veía la muerte como un alivio para su dolor, que se volvía insoportable día tras día, en realidad morir había comenzado a darle mucho miedo conforme veía el aciago momento acercarse, y con aquel seguro de vida que acababa de firmar, por mucho que todo apuntara a que estuviera hecho de humo y no de hielo, sentía la valentía necesaria para enfrentarse a su destino con cierta dignidad.
—Pues ya está hecho —suspiró Jordi cuando tanto el doctor como la mujer salieron por fin de la habitación—. Estate tranquilo, amigo, cuando llegue el momento estaré aquí, y me aseguraré de que cumplen su parte.
—Harás la trasferencia, ¿verdad? —le preguntó preocupado volviendo a quitarse la mascarilla.
—Sí, ciento diez mil ochocientos euros a Cryogen S.A. en concepto de “ingreso” —aquello provocó una sonrisa—. Ingreso… encima son unos cachondos. Pero me encargaré de ello mañana mismo, Marc, estate tranquilo.
—Bien, bien —dijo con un susurro. Desde luego estaba mucho más tranquilo—. Tienes que hacerme un último favor, Jordi.
—Pues tú dirás —replicó él solícito.
—Cuando llegue el momento, que no me reanimen, no quiero que me conecten a nada para mantenerme vivo.
—¿Estás seguro de eso? —exclamó su amigo espantado.
—Completamente —asintió Marc—. No quiero quedarme aquí como un vegetal si llega el caso. Cuando el corazón me falle, se acabó. No quiero degradarme tanto que ni la tipa esa de la empresa de congelados sea capaz de revivirme.
—No RCP, de acuerdo —le prometió él—. Tú no te preocupes.
Y Marc no se preocupó… tan sólo lamentó no poder volver a salir y ver el sol una última vez, pisar el césped o respirar el aire fresco, aunque estuviera contaminado por las emisiones de los coches de Barcelona. Pero ya no tenía fuerzas para esas cosas, y aunque si lo hubiera pedido seguro que alguien habría hecho el esfuerzo de sacarle fuera, como un último deseo de esos que tenía la gente, no expresó ese anhelo en voz alta en ningún momento. Tan sólo quería que todo se acabara de una vez por todas.
—Leí ayer en una revista que la cura del cáncer no puede tardar más de veinte o veinticinco años en llegar —comentó Jordi tres días más tarde, cuando Marc se notaba ya tan débil que ni siquiera podía permitirse el lujo de quitarse la mascarilla un momento para responderle—. Quién sabe, tío, a lo mejor vuelves con nosotros antes de lo que parece… aunque para entonces estaré un poco estropeado ya.
Marc dudaba que fuera a acabar más estropeado de lo que había terminado él, pero era incapaz de decírselo por culpa de la mascarilla. Sin embargo, pese a las evidentes dificultades de comunicación que aquello suponía, Jordi fue capaz de comprender lo que su amigo pretendía expresar.
—Alejandro Dumas dijo que la esperanza era el mejor médico que él conocía —afirmó con un suspiro. Marc supuso que su amigo sin duda querría haber añadido algo más a esa cita, como una reflexión personal, pero no le salieron las palabras, que fueron las últimas que escucharía de su boca debido a que, pocos minutos después, sufrió un repentino y letal paro cardíaco del que había dado orden de no ser reanimado.

El día amaneció nublado, cosa que a Jordi le parecía adecuada teniendo en cuenta cómo se sentía. Su amigo Marc nunca fue religioso, de modo que se había ahorrado la misa cuando falleció, pero aun así, decidió celebrar un pequeño velatorio en su piso para honrar su memoria.
—Esto es una farsa —opinó Berta, su prometida, a quien todo aquello no le había hecho ninguna gracia desde el principio—. Ya sé que le querías mucho, cariño, pero esto es tan… raro. Ni siquiera hay un cuerpo que velar.
—Os acompaño en el sentimiento —les dijo una mujer pelirroja vestida de luto y con un acento raro que se acercó a ellos—. Era una gran persona, le echaremos de menos.
—Gracias —respondieron los dos al unísono.
La chica se mezcló entre la poca gente que había acudido, y durante varios segundos no dejó de mirar confundida de un lado a otro, como si esperara que en la habitación se encontrara el cuerpo que debían estar velando y, al no encontrarlo, no supiera muy bien qué hacer. A raíz de aquello, Berta se volvió hacia él interrogativa.
—¿Quién es esa? —quiso saber.
—No tengo ni idea —confesó Jordi, que no había visto a esa mujer jamás—. Alguna vecina, o tal vez una compañera de la facultad que no recuerdo.
—Lo que no entiendo es por qué todos nos dan el pésame a nosotros, tú no eras su único amigo.
No lo era, los amigos no tan íntimos y los conocidos que no le hicieron ni caso cuando estaba enfermo al menos habían acudido a despedirse de él, aunque, como dijera Berta un instante antes, no hubiera un cuerpo que despedir en realidad.
—Supongo que porque nosotros organizamos el velatorio —dedujo Jordi.
—Que ésa es otra, no sólo le convences para la chorrada esa de la criogenia, sino que además le organizas el funeral —le recriminó ella frunciendo el ceño—. Debiste aceptar el dinero cuando te lo ofreció, pero de bueno que eres, a veces pareces bobo. ¡Con lo bien que nos habría venido para la boda! ¡Y para el piso! Además, te recuerdo que los salvajes esos a los que das clase en el instituto te han vuelto a rallar el coche… y en lugar de eso dejas que lo tire a la basura congelándose como si fuera una barrita de merluza, que ya me dirás tú qué sentido tiene todo esto si está dentro de una nevera.
—¡Mujer, ahora no! —exclamó él temiendo que pudieran escucharle—. Lo del dinero… no me pareció honrado, me habría sentido muy incómodo aceptándolo. Era suyo.
—Para lo que le iba a valer ahora —rezongó ella—. Te pasas semanas yendo a visitarle al hospital casi diariamente para apoyarle, él tiene el detalle de ofrecerte el dinero y tú vas y…
—¡Que ahora no…! —repitió.
—Bueno, vale —accedió a regañadientes—. ¿Y cuánto más va a durar esto? —añadió al ver que la desconocida mujer pelirroja se quedaba mirando el televisor con mucho interés—. No me gusta tener la casa llena de desconocidos.
—No sé lo que dura un velatorio normalmente —tuvo que confesar—. Tú deja de sacar comida y ya acabarán yéndose. No creo que vayan a estar mucho tiempo más, la mayoría sólo son viejos conocidos.
—Qué triste… muerto antes de poder hacer nada en la vida; sin familia, sin trabajo, y prácticamente sin amigos —lamentó ella negando con la cabeza.
—A lo mejor lo de la criónica funciona —repuso Jordi—. Tal vez, en unos años, tenga una nueva oportunidad.
—Sí, seguro —se mofó Berta sin disimular su escepticismo al respecto—. Pero qué inocente eres a veces, Jordi, qué inocente…
Tal vez lo fuera, pero se sentía mejor pensando que su amigo no estaba del todo muerto, sólo en suspensión y esperando unas condiciones mejores para volver.
No obstante, aunque así fuera, su propia vida tendría que seguir adelante pese a su ausencia. El tiempo nunca, jamás, se detuvo por nadie.


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